El perdón es una renuncia al control

Cuando dejamos de controlar, comenzamos a amar

Una reflexión desde Un Curso de Milagros y Una Nueva Manera de Ser y Amar

Hay una paradoja profunda en nuestra existencia: dedicamos buena parte de nuestra vida a intentar controlar aquello que, finalmente, descubrimos que nunca estuvo completamente bajo nuestro control.

Queremos controlar nuestro futuro, nuestras relaciones, nuestro cuerpo, las decisiones de nuestros hijos, la fidelidad de nuestra pareja, nuestra salud y hasta la manera en que los demás nos perciben.

Y cuando la vida no responde a nuestras expectativas, aparece el miedo.

Entonces intentamos controlar todavía más.

Sin darnos cuenta, construimos nuestra seguridad sobre una ilusión: creer que nuestra paz depende de que el mundo se comporte como nosotros deseamos.

La verdadera seguridad no está donde la buscamos

La lección 153 de Un Curso de Milagros contiene una afirmación extraordinaria:

«En mi indefensión radica mi seguridad».

A primera vista, parece absurda.

¿Cómo podría estar seguro alguien que renuncia a defenderse?

Pero el Curso no nos está invitando a abandonar la prudencia, el cuidado del cuerpo ni la responsabilidad sobre nuestras decisiones.

Nos está invitando a descubrir algo mucho más radical: que el amor no necesita las defensas psicológicas que hemos construido para proteger nuestra identidad.

Defendemos nuestras opiniones porque creemos que somos nuestras opiniones.

Defendemos nuestra historia porque creemos que somos nuestro pasado.

Defendemos nuestras relaciones porque pensamos que perder a alguien equivale a perder una parte de nosotros mismos.

Pero ¿qué sucedería si descubriéramos que no somos ninguna de esas cosas?

¿Quién sería yo si no necesitara defender la imagen que he construido de mí mismo?

El control es una de las expresiones del miedo

En Una Nueva Manera de Ser y Amar hemos desarrollado una idea que considero fundamental:

El amor no es una estrategia para evitar el sufrimiento. Es una manera de relacionarnos con la vida desde la conciencia.

Cuando intentamos controlar a nuestra pareja, frecuentemente lo hacemos porque tenemos miedo de perderla.

Cuando exigimos determinadas respuestas, buscamos tranquilizar nuestra inseguridad.

Cuando queremos que alguien cambie para poder amarlo, estamos condicionando nuestra capacidad de amar.

En todas estas situaciones creemos que estamos buscando amor, cuando muchas veces estamos buscando garantías.

Y el amor no puede ofrecer garantías sobre el comportamiento de otra persona.

Puede ofrecer presencia, honestidad, compromiso y respeto.

Pero nunca posesión.

Quizá por eso uno de los aprendizajes más difíciles de la madurez emocional sea comprender que podemos amar profundamente sin tener el control.

El observador: el lugar donde comienza la libertad

Aquí encontramos una relación extraordinaria entre Un Curso de Milagros, la meditación Vipassana y la propuesta central de Una Nueva Manera de Ser y Amar.

Los pensamientos aparecen.

Las emociones se manifiestan.

Los recuerdos regresan.

El miedo puede hacerse presente.

Pero existe una posibilidad que transforma nuestra experiencia: reconocer lo que ocurre dentro de nosotros sin convertirlo automáticamente en nuestra identidad.

Puedo experimentar miedo sin ser el miedo.

Puedo sentir celos sin actuar desde los celos.

Puedo experimentar tristeza sin concluir que mi vida es tristeza.

Puedo recordar una traición sin permanecer identificado con la víctima.

Esta capacidad de observación introduce un espacio entre lo que experimentamos y la respuesta que elegimos.

En Vipassana cultivamos la observación ecuánime de la experiencia.

En el lenguaje de Un Curso de Milagros, aprendemos a cuestionar la interpretación del ego y a permitir una corrección de nuestra percepción.

Ambos caminos, aunque parten de marcos espirituales diferentes, nos invitan a dejar de reaccionar automáticamente.

Y aquí aparece una distinción esencial:

No podemos controlar todo lo que experimentamos, pero podemos cultivar una relación diferente con nuestra experiencia.

El perdón es renunciar a controlar el pasado

Tal vez una de las formas más sutiles de control sea nuestra relación con el pasado.

Queremos que lo sucedido no hubiera sucedido.

Queremos que alguien reconozca su equivocación.

Queremos que nos pidan perdón.

Queremos que quienes nos lastimaron comprendan el daño que causaron.

Y mientras esperamos, permanecemos emocionalmente vinculados a acontecimientos que ya no podemos modificar.

Desde la perspectiva del Curso, el perdón implica cuestionar la interpretación que mantiene vivo nuestro sufrimiento.

No significa justificar conductas dañinas, negar responsabilidades ni permanecer en relaciones destructivas.

Significa descubrir que nuestra paz no tiene por qué depender de que otra persona reescriba nuestra historia.

El perdón nos permite reconocer lo ocurrido sin convertirlo en una condena permanente.

Y, en ese sentido, el perdón es una renuncia al control.

Dejamos de exigir que el pasado sea diferente para permitir que nuestro presente pueda ser diferente.

El cuerpo es vulnerable, pero nuestra identidad puede ser más amplia

La experiencia relatada por Jason Warwick introduce otra dimensión de este descubrimiento.

Cuando una persona enfrenta una situación médica potencialmente mortal, puede encontrarse frente a los límites de su capacidad de control.

El cuerpo necesita atención médica. La incertidumbre existe. El miedo puede aparecer.

Pero también surge una pregunta espiritual:

¿Soy solamente este cuerpo y las circunstancias que lo afectan?

Un Curso de Milagros invita a contemplar una identidad que trasciende el cuerpo y a reconocer que nuestro valor esencial no depende de las condiciones externas.

Esta perspectiva no elimina nuestra responsabilidad de cuidarnos, pero puede modificar la manera en que experimentamos la vulnerabilidad.

La valentía no consiste necesariamente en dejar de sentir miedo.

A veces consiste en reconocerlo sin permitir que gobierne toda nuestra conciencia.

Amar sin controlar

Después de muchas experiencias, relaciones, encuentros y despedidas, podemos descubrir que el amor no consiste en conseguir que alguien permanezca a nuestro lado.

Tampoco consiste en asegurar que nunca volveremos a sufrir.

Amar es encontrar dentro de nosotros una disposición que no depende exclusivamente de las circunstancias.

Es poder decir:

Te amo, pero no necesito poseerte.

Te acompaño, pero no puedo vivir tu vida.

Te respeto, aunque no siempre comprenda tus decisiones.

Me comprometo contigo sin renunciar a mi dignidad.

Y si nuestros caminos se separan, puedo reconocer el valor de lo vivido sin convertir nuestra separación en una guerra.

Esto no significa que todas las relaciones deban terminar ni que el compromiso carezca de importancia.

Significa que el compromiso nacido del amor es profundamente diferente del vínculo sostenido por el miedo.

La paz no es el resultado de conseguir lo que queremos

Quizá hemos pasado demasiados años pensando que encontraremos paz cuando las cosas finalmente salgan como deseamos.

Cuando nuestros hijos estén bien.

Cuando nuestra pareja nos comprenda.

Cuando tengamos suficiente dinero.

Cuando nuestra salud esté garantizada.

Cuando desaparezcan los problemas.

Pero la vida nunca nos promete que esas condiciones permanecerán intactas.

La invitación espiritual consiste en descubrir una paz que podamos practicar incluso en medio de la incertidumbre.

No porque el mundo haya dejado de presentar dificultades, sino porque comenzamos a relacionarnos de otra manera con ellas.

Y entonces sucede algo extraordinario.

Dejamos de preguntarnos exclusivamente:

¿Cómo puedo conseguir que la vida sea como yo quiero?

Y comenzamos a preguntarnos:

¿Desde qué lugar de mi conciencia quiero vivir lo que la vida me presenta?

Esa pregunta transforma la relación con nosotros mismos y con los demás.

Porque quizá la libertad no consiste en controlar nuestra existencia.

Quizá la libertad comienza cuando dejamos de exigirle a la vida que sea diferente para permitirnos amar.

Hay una diferencia muy importante entre rendirse ante la vida y renunciar a luchar contra la realidad. La primera expresión puede sugerir resignación. La segunda habla de lucidez, aceptación y libertad interior.

Y creo que ahí tenemos un punto de encuentro extraordinario entre el observador de Vipassana, el perdón de Un Curso de Milagros y el amor consciente que estoy proponiendo en Una Nueva Manera de Ser y Amar.

Me gustaría que profundizáramos una pregunta que surge de todo esto:

Si el ego necesita controlar para sentirse seguro, ¿podría ser que nuestra necesidad de controlar sea precisamente una de las manifestaciones más profundas de nuestra identificación con el ego?

Y vos que piensas?

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