Una madrugada, una certeza
Una reflexión sobre la verdad, la libertad y el amor
Por Jorge Luis Ramírez
Hace casi diez años, alrededor de las tres de la madrugada, mientras dormía, un pensamiento irrumpió inesperadamente en mi conciencia:
«Nada de lo que pienso, creo o siento es verdad».
No recuerdo haberlo buscado ni haber estado intentando resolver alguna pregunta en particular aquella noche. Simplemente apareció.
Pero lo extraordinario no fue solamente el contenido de aquel pensamiento, sino la manera en que lo experimenté.
Era una certeza.
No necesitaba comprobarla, defenderla ni encontrar argumentos que la sostuvieran. Era evidente por sí misma. Self-evident.
Y, lejos de producirme angustia, me produjo una paz extraordinaria.
Durante muchos años había intentado comprender la vida. Había leído, reflexionado y buscado respuestas a las grandes preguntas de la existencia. Quería entender quién era, qué era la verdad y por qué los seres humanos vivíamos atrapados en tantas contradicciones.
Sin darme cuenta, había convertido la búsqueda de la verdad en una carga.
Pero aquella madrugada algo cambió.
Fue como si alguien hubiera retirado una venda de mis ojos. No recibí una explicación del universo. No encontré una respuesta intelectual para cada una de mis preguntas.
Encontré algo que reconocí como verdad y, al mismo tiempo, desapareció la angustia de tener que seguir buscándola.
Comprendí, aunque todavía no pudiera explicarlo, que mis pensamientos no eran necesariamente la verdad; que mis creencias no podían definirla y que mis sentimientos, por intensos y auténticos que fueran, tampoco tenían la autoridad de determinarla.
Y sucedió algo todavía más importante: descubrí que no tenía que vivir sometido a ellos.
Aquella experiencia no me dio una nueva doctrina en la cual creer.
Me abrió una nueva manera de mirar.
La prisión invisible de nuestras creencias
Años antes había leído El miedo a la libertad, de Erich Fromm.
Fromm plantea una paradoja profundamente humana: podemos conquistar libertad externa y, sin embargo, sentir miedo de ejercerla.
Ser libres significa asumir la responsabilidad de nuestras decisiones, afrontar la incertidumbre y, muchas veces, separarnos de las expectativas de quienes nos rodean.
Y eso puede resultar aterrador.
Con frecuencia creemos que somos libres porque nadie nos impide hacer lo que queremos. Pero ¿cuánto de lo que queremos es realmente nuestro?
Desde pequeños aprendemos qué debemos pensar, cómo debemos comportarnos, qué significa tener éxito, a quién debemos amar y qué cosas son aceptables.
Poco a poco, esas instrucciones dejan de parecer externas.
Las hacemos nuestras.
Ya no necesitamos que alguien nos diga lo que debemos hacer porque hemos aprendido a darnos permiso —o a negárnoslo— desde nuestro propio sistema de creencias.
Y entonces aparece una pregunta incómoda:
¿Hacemos lo que hacemos porque somos libres o porque sentimos que tenemos permiso para hacerlo?
La diferencia puede parecer pequeña, pero es enorme.
Cuando actuamos dentro de lo que socialmente se espera de nosotros, generalmente experimentamos cierta tranquilidad. Estamos cumpliendo con el papel que hemos aprendido a representar.
Pero basta con apartarnos un poco del camino establecido para que aparezcan la culpa, el miedo, la inseguridad o la sensación de estar haciendo algo incorrecto.
No necesariamente porque nuestras acciones sean perjudiciales, sino porque estamos desobedeciendo una autoridad que hemos interiorizado.
Fromm llamó conformidad automática a una de las maneras en que las personas escapamos de la angustia de la libertad: adoptamos pensamientos, deseos y comportamientos socialmente esperados hasta creer que son enteramente nuestros.
Quizás por eso la verdadera libertad no comienza cuando conseguimos permiso para hacer lo que deseamos.
Comienza cuando nos atrevemos a observar quién es ese «yo» que desea, teme y necesita permiso.
Vipassana: aprender a observar sin reaccionar
Antes de aquella madrugada también había vivido una experiencia que considero fundamental: diez días de meditación Vipassana.
Durante esos días aprendí algo que parecía sencillo, pero que resultó profundamente transformador.
Observar.
Observar las sensaciones corporales sin intentar cambiarlas. Reconocer las agradables sin aferrarme a ellas y las desagradables sin rechazarlas.
En la tradición de Vipassana, la impermanencia —anicca— nos recuerda que las sensaciones surgen y desaparecen.
Y que buena parte de nuestro sufrimiento se encuentra relacionado con nuestra reacción ante ellas.
Queremos conservar lo agradable y eliminar lo desagradable.
Pero casi nunca nos detenemos a observar ese mecanismo.
La práctica de la ecuanimidad nos invita a experimentar las sensaciones sin reaccionar automáticamente.
Con el tiempo comencé a reconocer que ese aprendizaje tenía implicaciones mucho más amplias.
Los pensamientos aparecen. Las emociones se manifiestan. Las creencias permanecen durante años.
Pero ninguna de ellas tiene necesariamente la autoridad de determinar nuestra respuesta.
Puedo sentir miedo sin obedecerlo. Puedo experimentar enojo sin convertirlo en agresión. Puedo desear algo sin hacer de ese deseo una necesidad absoluta.
La sensación es real como experiencia.
Pero la interpretación que construyo alrededor de ella puede no corresponder con la realidad.
Puedo sentirme rechazado sin que necesariamente alguien me esté rechazando.
Puedo experimentar inseguridad sin que exista una amenaza real.
Puedo sentir que alguien debería amarme de determinada manera sin que esa persona tenga la obligación de satisfacer mis expectativas.
Tal vez aquella madrugada no surgió de la nada.
Quizás años de observación, lectura y búsqueda habían preparado el terreno para que reconociera algo que hasta entonces no había podido ver.
Viktor Frankl: la libertad que permanece
En El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl describe una dimensión de la libertad humana que no depende exclusivamente de las circunstancias exteriores.
A partir de su experiencia en los campos de concentración nazis, reflexiona sobre la posibilidad de conservar una libertad interior relacionada con nuestra actitud ante situaciones que no podemos modificar.
Su planteamiento no significa que podamos controlar todo lo que sentimos ni que seamos responsables de cada circunstancia que atravesamos.
Significa que nuestra relación con lo que sucede puede contener un margen de elección, incluso cuando las alternativas son dolorosamente limitadas.
Esta idea dialoga de una manera muy especial con Vipassana.
Entre lo que experimentamos y lo que hacemos con esa experiencia puede surgir un espacio de conciencia.
Un espacio en el que ya no estamos obligados a reaccionar de la misma manera.
Y es precisamente allí donde comienza a revelarse una forma distinta de libertad.
Durante mucho tiempo había pensado que ser libre era poder hacer lo que quería.
Hoy me parece más importante reconocer que puedo ser libre incluso cuando no hago lo que mis deseos, temores o pensamientos me exigen.
No porque haya eliminado mis condicionamientos, sino porque puedo observarlos.
Y al observarlos, puedo dejar de obedecerlos automáticamente.
Jung y el personaje que creemos ser
Carl Gustav Jung me ayudó a comprender otra dimensión de este descubrimiento.
Buena parte de nuestra vida transcurre bajo la influencia de procesos psicológicos que no reconocemos conscientemente.
Construimos una identidad, una imagen de quienes creemos ser. Nos identificamos con determinadas cualidades, opiniones, historias y experiencias.
Y frecuentemente confundimos esa imagen con la totalidad de nuestro ser.
Jung utilizó el concepto de persona para describir uno de los aspectos de nuestra adaptación al mundo social, y el de sombra para explorar aquello que no reconocemos o aceptamos fácilmente de nosotros mismos.
En nuestra relación con los demás podemos proyectar contenidos propios que todavía no hemos aprendido a reconocer.
Así, lo que creemos estar viendo en otra persona puede estar profundamente influido por nuestra propia historia.
Esto tiene consecuencias enormes para nuestras relaciones.
Porque muchas veces no reaccionamos únicamente ante lo que el otro hace.
Reaccionamos ante lo que creemos que sus acciones significan.
Y ese significado puede estar construido a partir de nuestros miedos, recuerdos, expectativas y heridas.
Por eso me parece tan importante aprender a observar.
Cuando reconozco un pensamiento como pensamiento, una emoción como emoción y una creencia como creencia, comienza a aparecer una distancia entre mi experiencia y la identidad que he construido alrededor de ella.
No desaparece mi personalidad.
No desaparece mi historia.
Pero ya no necesito confundirlas con la totalidad de lo que soy.
Un Curso en Milagros: la percepción no es el conocimiento
Tiempo después encontré Un Curso en Milagros.
Y fue entonces cuando comencé a comprender, desde una perspectiva espiritual, algo de lo que había experimentado aquella madrugada.
El Curso distingue entre conocimiento y percepción.
En su lenguaje, el conocimiento pertenece al ámbito de la certeza y la unidad, mientras que la percepción interpreta desde un mundo de diferencias, juicios y posibilidades de error.
El ego busca comprender y controlar la realidad desde las categorías que él mismo ha construido.
Busca respuestas, construye explicaciones, establece comparaciones y desarrolla nuevas interpretaciones.
Pero su búsqueda puede convertirse en un movimiento interminable.
Busca, pero no encuentra.
Aquella madrugada, en cambio, experimenté algo completamente diferente.
No fue una nueva explicación dentro del mismo sistema de pensamiento.
Fue una certeza que no necesitaba explicación.
Lo que durante años había intentado comprender mediante el pensamiento apareció como algo que podía reconocer sin necesidad de analizarlo.
Y con ese reconocimiento desapareció una carga enorme.
No porque hubiera adquirido todo el conocimiento posible, sino porque dejó de ser necesario comprenderlo todo para estar en paz.
Desde mi manera de interpretar hoy aquella experiencia, comprendí que la realidad no se agota en lo que podemos pensar, sentir, medir o explicar.
Esto no es todo lo que hay. Hay mucho más.
No pretendo convertir esa experiencia personal en una demostración filosófica o científica.
Es simplemente el testimonio de una certeza que transformó mi relación con la vida.
Cuando convertimos el amor en un problema
Y aquí llego a una de las reflexiones que más me interesan.
Quizás hacemos con el amor exactamente lo mismo que hacemos con la verdad.
Lo buscamos desesperadamente.
Queremos comprenderlo, definirlo, encontrarlo, conservarlo y asegurarnos de que nunca desaparezca.
Nos preguntamos cómo conseguir que alguien nos ame, cómo saber si una relación es la correcta, cómo evitar el abandono o cómo garantizar que el amor perdure.
Y sin darnos cuenta, terminamos convirtiendo el amor en un problema que necesita solución.
Pero el amor no es un problema.
Y no necesita solución.
Lo que quizás necesita atención son nuestras creencias acerca del amor, nuestras necesidades de seguridad, nuestros temores al rechazo y las expectativas que colocamos sobre los demás.
Podemos confundir el amor con la necesidad de pertenecer, con el deseo de ser reconocidos o con el miedo a quedarnos solos.
Podemos intentar convertir al otro en responsable de nuestra felicidad.
Y entonces dejamos de relacionarnos con la persona que tenemos delante para relacionarnos con la imagen que hemos construido de ella.
Quizás amar de una manera nueva exige reconocer esa diferencia.
Puedo amar sin necesitar que el otro confirme mis creencias.
Puedo sentir miedo de perder a alguien sin convertir ese miedo en una necesidad de controlarlo.
Puedo experimentar dolor sin convertirlo inevitablemente en resentimiento.
Puedo reconocer las diferencias sin interpretarlas automáticamente como amenazas.
Esto no elimina los desafíos de una relación ni la responsabilidad de cuidar, dialogar, establecer límites y tomar decisiones.
Pero cambia el lugar interior desde el cual nos relacionamos.
Y quizás eso sea mucho más importante que encontrar una fórmula para el amor.
Porque el amor no necesita que lo resolvamos.
Necesita que dejemos de confundirlo con los problemas que nosotros mismos construimos alrededor de él.
La libertad de aceptar lo que es.
Decía Spinoza: «Lo que es, es perfecto, por eso es.»
Hoy, casi diez años después de aquella madrugada, sigo experimentando una profunda libertad respecto de mis pensamientos, emociones y creencias.
No significa que hayan desaparecido.
Significa que ya no siento la obligación de organizar mi vida alrededor de todo lo que me dicen.
Veo el mundo y encuentro contradicciones extraordinarias.
Observo comportamientos humanos que a veces me parecen absurdos, sorprendentes y hasta graciosos, aunque sus consecuencias puedan ser profundamente trágicas.
En ocasiones, la realidad parece superar cualquier ficción.
Y, sin embargo, no siento que tenga que resolver todas esas contradicciones para estar en paz.
Puedo reconocer lo que sucede.
Puedo estar de acuerdo o en desacuerdo.
Puedo actuar cuando considero necesario hacerlo.
Pero no necesito convertir cada acontecimiento en un conflicto interior.
He aprendido a aceptar lo que es, tanto aquello que me resulta agradable como aquello que me resulta doloroso o incomprensible.
Y aceptar no significa aprobar.
No significa justificar la injusticia, negar el sufrimiento o renunciar a la responsabilidad de actuar.
Significa reconocer la realidad antes de exigir que sea diferente.
Puedo mirar algo que considero equivocado sin permitir que el rechazo gobierne toda mi experiencia.
Puedo reconocer el sufrimiento humano sin añadirle necesariamente mi propia angustia.
Y puedo descubrir algo de humor en nuestras contradicciones sin perder la compasión por quienes las padecen.
Tal vez la verdadera libertad no consiste en conseguir que el mundo se comporte como deseamos.
Tal vez consiste en descubrir que nuestra paz no tiene que depender de ello.
La verdad, la libertad y el amor
Al mirar retrospectivamente aquella madrugada, me doy cuenta de que una sola frase terminó abriendo tres caminos que todavía continúo recorriendo.
El camino de la verdad, al reconocer que mis pensamientos y creencias no son necesariamente la realidad.
El camino de la libertad, al descubrir que no estoy obligado a vivir sometido a mis condicionamientos.
Y el camino del amor, al comprender que no necesito convertir a los demás en responsables de mi paz interior.
Quizás estos tres caminos se encuentran mucho más cerca de lo que imaginamos.
Porque cuando dejamos de exigirle a la realidad que confirme nuestras creencias, podemos comenzar a verla de otra manera.
Cuando dejamos de exigirnos responder automáticamente a nuestros temores, descubrimos nuevas posibilidades de elección.
Y cuando dejamos de exigirle al otro que satisfaga nuestras expectativas para merecer nuestro amor, comenzamos a relacionarnos desde una libertad diferente.
La verdad no necesita que la inventemos.
La libertad no necesita que alguien nos autorice a experimentarla.
Y el amor no necesita que lo convirtamos en un problema para luego intentar resolverlo.
Epílogo: aquella madrugada
Hace casi diez años, a las tres de la madrugada, apareció en mi conciencia una frase que cambió mi vida:
«Nada de lo que pienso, creo o siento es verdad».
Durante mucho tiempo no supe explicar lo que había sucedido.
Hoy tampoco pretendo explicarlo completamente.
Lo que sí puedo decir es que aquella certeza me produjo una paz que no esperaba.
Había buscado la verdad durante años, intentando encontrarla mediante el conocimiento y la comprensión.
Aquella madrugada la reconocí de una manera que no había previsto.
Y la angustia de buscarla desapareció.
No dejé de estudiar, de reflexionar ni de aprender.
Pero algo cambió para siempre en mi relación con todo aquello que pienso, creo y siento.
Hoy puedo permitir que mis pensamientos sean pensamientos, mis emociones sean emociones y mis creencias sean creencias.
No necesito convertirlos en la autoridad última sobre mi vida.
Y tal vez ahí se encuentra también una nueva manera de amar.
Amar sin necesitar comprenderlo todo.
Amar sin pretender controlar lo que no nos pertenece.
Amar sin exigirle a la vida que confirme nuestras expectativas para concedernos la paz.
Porque aquella madrugada no descubrí que la vida careciera de verdad.
Descubrí que la verdad podía estar más allá de todo aquello con lo que había intentado definirla.
Y comprendí algo que sigo descubriendo cada día:
Esto no es todo lo que hay.
Hay mucho más.
Una Nueva Manera de Ser y Amar — Reflexiones sobre la conciencia, la libertad y el amor.
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