El observador: cuando amar deja de ser una necesidad

Hay un momento en el camino interior en que uno descubre algo desconcertante y liberador:

no somos todo lo que pensamos.

Tampoco somos solamente lo que sentimos.

Podemos sentir miedo sin ser el miedo.
Podemos sentir celos sin ser los celos.
Podemos sentir abandono sin estar realmente abandonados.
Podemos sentir necesidad sin que esa necesidad defina quiénes somos.

Ese descubrimiento cambia profundamente nuestra manera de relacionarnos.

Porque buena parte de nuestras relaciones no ocurren entre dos seres plenamente conscientes, sino entre dos historias, dos heridas, dos sistemas de defensa que buscan seguridad.

Una parte de nosotros quiere avanzar.

Otra quiere protegerse.

Una quiere entregarse.

Otra teme perder el control.

Una busca intensidad.

Otra necesita certeza.

Y muchas veces llamamos amor a la negociación entre esas partes.

El personaje que creemos ser

Desde muy temprano construimos una identidad.

Aprendemos quiénes debemos ser para ser aceptados, queridos, admirados o protegidos.

Uno aprende a complacer.

Otro aprende a controlar.

Otro aprende a no necesitar a nadie.

Otro aprende a hacerse indispensable.

Otro aprende a retirarse antes de que puedan abandonarlo.

Con los años, ese personaje se vuelve tan familiar que comenzamos a confundirlo con nosotros mismos.

Entonces entramos en una relación llevando un equipaje invisible.

No buscamos solamente al otro.

Buscamos confirmaciones.

“Dime que soy importante.”

“No me abandones.”

“Deséame.”

“Necesítame.”

“Demuéstrame que puedo confiar.”

“Hazme sentir seguro.”

Y aunque esas necesidades son profundamente humanas, aparece una pregunta incómoda:

¿qué ocurre cuando esperamos que otra persona resuelva aquello que todavía no hemos aprendido a mirar dentro de nosotros?

Tal vez allí comienza gran parte del sufrimiento amoroso.

Descubrir al observador

Existe, sin embargo, otra posibilidad.

Podemos comenzar a observar lo que ocurre dentro de nosotros.

“Hay una parte de mí que tiene miedo.”

“Hay una parte que quiere huir.”

“Hay una parte que necesita aprobación.”

“Hay una parte que quiere controlar.”

Esa pequeña distancia interior cambia todo.

Porque ya no decimos:

“Yo soy celoso.”

Podemos decir:

“Estoy experimentando celos.”

Ya no decimos:

“Soy inseguro.”

Podemos reconocer:

“Hay inseguridad en mí.”

La diferencia puede parecer pequeña, pero es enorme.

Porque aparece un espacio entre lo que sentimos y quienes somos.

Ese espacio es el comienzo de la libertad.

Podríamos llamarlo conciencia.

Podríamos llamarlo presencia.

Podríamos llamarlo el observador.

El nombre importa menos que la experiencia.

Riesgo y seguridad

En Una Nueva Manera de Ser y Amar hemos hablado de dos fuerzas profundas que parecen acompañarnos constantemente: Riesgo y Seguridad.

Una parte de nosotros desea explorar.

Otra quiere proteger.

Una quiere abrirse.

Otra quiere garantizar que nada duela.

Una dice:

“Vamos.”

La otra responde:

“Cuidado.”

Durante mucho tiempo podemos creer que debemos escoger entre ambas.

Ser libres o estar seguros.

Entregarnos o protegernos.

Amar o conservar el control.

Pero quizá la madurez no consiste en derrotar una fuerza con la otra.

Tal vez consiste en aprender a escucharlas sin quedar dominados por ninguna.

Porque cuando aparece el observador podemos decir:

“Comprendo tu miedo, Seguridad.”

Y también:

“Comprendo tu impulso, Riesgo.”

Ambos pueden tener algo que enseñarnos.

Pero ninguno necesita gobernar nuestra vida.

Los arquetipos también hablan

Algo parecido ocurre con los arquetipos que nos habitan.

El Guerrero quiere defender.

El Rey quiere ordenar.

El Amante quiere unirse.

El Mago quiere comprender.

La sombra quiere ocultarse.

El niño herido quiere ser protegido.

Todos hablan.

Todos tienen razones.

Todos pueden aparecer dentro de una relación.

El problema comienza cuando uno de ellos toma el mando sin que nos demos cuenta.

Entonces ya no estamos relacionándonos con la persona que tenemos delante.

Estamos reaccionando desde una parte inconsciente de nosotros mismos.

Pero cuando podemos observar al personaje, ocurre algo nuevo:

dejamos de ser completamente poseídos por él.

No necesitamos eliminarlo.

Necesitamos verlo.

¿Quién observa?

Y aquí aparece una pregunta todavía más profunda.

Si puedo observar mis pensamientos…

si puedo observar mis emociones…

si puedo observar mis miedos…

si puedo observar los personajes que aparecen dentro de mí…

entonces,

¿quién es el que observa?

Esta pregunta aparece en muchas tradiciones psicológicas y espirituales.

Cada una utiliza un lenguaje distinto.

Algunas hablan de conciencia.

Otras de presencia.

Otras del Self.

Otras del espíritu.

No es necesario aceptar ninguna explicación particular para experimentar la pregunta.

Basta observar.

Porque existe en nosotros una capacidad misteriosa para mirar nuestra propia experiencia.

Y cuando comenzamos a vivir desde ese lugar, nuestra relación con el amor cambia.

Cuando el otro deja de ser una solución

Tal vez uno de los descubrimientos más difíciles del amor adulto es este:

la otra persona no vino a completar nuestra identidad.

Puede acompañarnos.

Puede amarnos.

Puede cuidarnos.

Puede caminar con nosotros.

Pero no puede resolver definitivamente nuestra relación con nosotros mismos.

Cuando convertimos al otro en la prueba de nuestro valor, la relación se vuelve frágil.

Necesitamos entonces que permanezca de cierta manera.

Que nos mire de cierta manera.

Que nos responda de cierta manera.

Que nos confirme constantemente.

Y sin darnos cuenta el amor comienza a convertirse en una negociación.

“Yo te doy esto para que tú me des aquello.”

“Yo te amo siempre que tú me hagas sentir seguro.”

Pero existe otra manera.

Podemos acercarnos al otro no para que nos complete, sino para encontrarnos con él.

Y esa diferencia transforma la relación.

Amor o reparación

Muchas veces lo que llamamos amor contiene un intento de reparación.

“Ámame para demostrarme que soy valioso.”

“No me abandones para demostrarme que soy digno.”

“Deséame para demostrarme que todavía importo.”

“Necesítame para demostrarme que tengo un lugar.”

Nada de esto nos convierte en malas personas.

Nos convierte en seres humanos.

Pero reconocerlo puede liberarnos.

Porque quizá el amor comienza cuando dejamos de pedirle al otro que repare la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Entonces la relación deja de ser un tribunal.

Deja de ser un refugio obligatorio.

Deja de ser una prueba permanente de nuestro valor.

Y puede convertirse en algo mucho más sencillo y mucho más profundo:

un encuentro entre dos seres humanos.

Amar desde otro lugar

Tal vez una nueva manera de amar no consiste en amar más intensamente.

Quizá consiste en amar desde un lugar diferente.

No desde el miedo a perder.

No desde la necesidad de controlar.

No desde la exigencia de ser completados.

No desde la ansiedad de demostrar nuestro valor.

Sino desde una identidad un poco más amplia que nuestras heridas.

Desde allí podemos amar sin desaparecer.

Podemos entregarnos sin abandonarnos.

Podemos poner límites sin convertir al otro en enemigo.

Podemos sentir miedo sin dejar que el miedo decida por nosotros.

Podemos reconocer nuestras sombras sin creer que ellas son toda nuestra identidad.

Y podemos mirar al otro sin reducirlo a la función que cumple en nuestra vida.

Una nueva manera de ser y amar

Quizá el verdadero camino del amor no comienza cuando encontramos a la persona correcta.

Comienza cuando empezamos a descubrir desde quién estamos amando.

¿Desde el miedo?

¿Desde la necesidad?

¿Desde la herida?

¿Desde el personaje?

¿Desde el deseo de controlar?

¿O desde una conciencia capaz de observar todo eso sin quedar atrapada?

Tal vez amar sea aprender lentamente a regresar a ese lugar.

Un lugar donde Riesgo y Seguridad pueden convivir.

Donde lo masculino y lo femenino pueden dialogar.

Donde la sombra puede ser mirada.

Donde los arquetipos dejan de gobernarnos en secreto.

Y donde el otro deja de ser una solución para convertirse en un encuentro.

Entonces quizá el amor deja de ser solamente algo que hacemos.

Y empieza a convertirse en una manera de ser.

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