El Príncipe Riesgo y la Princesa Segura
Había una vez un príncipe llamado Riesgo.
Desde niño sentía fascinación por aquello que había más allá de las murallas del reino. Mientras los demás contemplaban las montañas desde las torres del castillo, él quería atravesarlas.
—¿Qué habrá detrás? —preguntaba.
Y casi siempre recibía la misma respuesta:
—No lo sabemos.
Para Riesgo, aquella era precisamente la razón para ir.
Muy cerca de él vivía la Princesa Segura.
Segura amaba el reino. Conocía sus caminos, cuidaba sus jardines, recordaba dónde estaban las provisiones y sabía cuándo se aproximaba una tormenta. Mientras Riesgo miraba hacia el horizonte, ella miraba aquello que podía perderse si nadie lo cuidaba.
—¿Por qué siempre quieres irte? —le preguntaba.
—No quiero irme —respondía Riesgo—. Quiero descubrir.
Y él, a su vez, le preguntaba:
—¿Por qué tienes tanto miedo de salir?
—No tengo miedo de salir —respondía Segura—. Tengo miedo de que destruyamos lo que ya tenemos por perseguir lo que todavía no conocemos.
Los dos tenían razón.
Y los dos estaban equivocados.
Porque Riesgo comenzó a creer que vivir significaba avanzar siempre.
Cada montaña conquistada revelaba otra montaña. Cada aventura necesitaba una aventura mayor. Hasta que un día descubrió que podía recorrer el mundo entero y seguir huyendo de sí mismo.
Segura, mientras tanto, comenzó a construir muros.
Primero levantó uno para proteger el jardín.
Después otro para proteger el castillo.
Luego otro para protegerse a sí misma.
Hasta que un día comprendió que estaba perfectamente segura…
pero ya no estaba viviendo.
Entonces volvieron a encontrarse.
Ya no eran los mismos.
Riesgo había descubierto que no todo límite necesita ser destruido.
Segura había comprendido que no toda incertidumbre es una amenaza.
Y por primera vez dejaron de intentar cambiarse.
Segura le dijo:
—Enséñame a caminar hacia aquello que no puedo controlar.
Riesgo respondió:
—Y tú enséñame a reconocer aquello que merece ser protegido.
Entonces ocurrió algo extraño.
Riesgo descubrió que podía quedarse sin sentirse prisionero.
Segura descubrió que podía partir sin sentirse abandonada.
Y comprendieron que nunca habían sido enemigos.
Eran dos fuerzas que se necesitaban.
Las dos fuerzas que nos habitan
David Deida ha utilizado la polaridad de lo masculino y lo femenino para hablar de fuerzas que no pertenecen exclusivamente al hombre o a la mujer. En su pensamiento, lo masculino se relaciona con dirección, propósito, libertad y la capacidad de atravesar límites; lo femenino, con energía, relación, amor, apertura y plenitud.
Podemos llevar esa polaridad un poco más allá y contemplarla a través de Riesgo y Seguridad.
Riesgo es la voz interior que dice:
Ve. Atrévete. Cruza el límite. Hay algo de ti que todavía no conoces.
Segura responde:
Cuida. Permanece. Construye. No destruyas aquello que amas.
Necesitamos las dos.
Sin Segura, Riesgo puede convertirse en imprudencia, huida, incapacidad para comprometerse o necesidad permanente de sentir algo nuevo.
Sin Riesgo, Segura puede convertirse en miedo, control, apego y resistencia a cualquier transformación.
Y quizá buena parte de nuestros conflictos interiores nacen precisamente porque creemos que debemos escoger entre ellos.
También aparecen en nuestras relaciones
Cuando dos personas se enamoran, el Príncipe Riesgo y la Princesa Segura también llegan a la relación.
Una parte de nosotros quiere entregarse.
Otra pregunta:
¿Y si me lastiman?
Una quiere decir lo que siente.
Otra recomienda:
No muestres demasiado.
Una desea amar sin reservas.
La otra quiere garantías antes de hacerlo.
Queremos amor, pero también queremos asegurarnos de que ese amor no pueda hacernos daño.
Y allí aparece una de las grandes paradojas de amar:
No existe intimidad profunda sin riesgo.
Amar significa permitir que alguien llegue a lugares de nosotros donde también podría herirnos.
Pero tampoco existe amor maduro sin seguridad.
Necesitamos confianza, cuidado, presencia, respeto y la sensación de que podemos mostrarnos sin tener que defendernos permanentemente.
Por eso el problema no es Seguridad.
Tampoco es Riesgo.
El problema comienza cuando uno intenta destruir al otro.
Cuando dejamos de pelear con nosotros mismos
Quizá madurar consiste en sentar al Príncipe Riesgo y a la Princesa Segura en la misma mesa.
Y escuchar a ambos.
Cuando estoy a punto de cambiar de trabajo, terminar una relación, comenzar un proyecto, decir una verdad difícil, enamorarme nuevamente o tomar cualquier decisión que pueda transformar mi vida, puedo preguntarme:
¿Qué intenta proteger Segura?
Y también:
¿Qué intenta descubrir Riesgo?
Entonces ya no tengo que obedecer ciegamente a ninguno.
Puedo escuchar.
Integrar.
Elegir.
Porque hay momentos en los que Segura necesita tomar de la mano a Riesgo y decirle:
No corras. Esto merece que te quedes.
Y existen otros en los que Riesgo necesita extenderle la mano a Segura y decirle:
Ven. Ya estamos demasiado seguros aquí.
Una nueva manera de ser y amar
Tal vez nuestra tarea no sea vencer el miedo para convertirnos en personas arriesgadas.
Ni eliminar el riesgo para sentirnos definitivamente seguros.
Tal vez sea algo mucho más profundo:
crear suficiente seguridad interior para atrevernos a vivir.
Entonces Seguridad deja de significar:
“Nada malo puede ocurrirme.”
Y comienza a significar:
“Aunque no sé lo que ocurrirá, puedo permanecer conmigo.”
Y Riesgo deja de decir:
“No necesito nada ni a nadie.”
Para decir:
“Estoy dispuesto a abrirme a aquello que la vida quiera mostrarme.”
Quizá allí las dos fuerzas finalmente se encuentran.
Porque amar no consiste en encontrar a alguien que nos garantice que nunca sufriremos.
Tampoco consiste en vivir permanentemente al borde del precipicio.
Amar es construir un lugar suficientemente seguro desde el cual podamos arriesgarnos a ser vistos tal como somos.
Y entonces descubrimos algo que el Príncipe Riesgo y la Princesa Segura tardaron toda una vida en comprender:
la verdadera seguridad no consiste en eliminar el riesgo.
Consiste en sentirnos suficientemente seguros para correr el riesgo de amar.
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