El Perdón

Perdonar: dejar de usar el pasado para condenar el presente

Una reflexión sobre culpa, identidad y la ilusión de separación

Hay personas que creemos haber perdonado hasta que una palabra, una fotografía, un lugar o una conversación despierta nuevamente la vieja historia.

Entonces descubrimos algo incómodo: quizá dejamos de hablar de aquello, pero nunca dejamos de vivir desde aquello.

Seguimos recordando quién hizo qué. Quién abandonó. Quién traicionó. Quién dijo aquellas palabras. Quién no estuvo cuando debía estar. Y, aunque hayan pasado diez, veinte o cuarenta años, una parte de nosotros continúa diciendo:

“Me debe algo.”

Una explicación.
Una disculpa.
Una reparación.
Tal vez incluso una vida diferente de la que tuve.

Durante mucho tiempo pensé que perdonar significaba llegar a un punto en el que pudiera decir: “Sí, ocurrió, pero ya no estoy enojado.”

Hoy creo que el perdón puede llevarnos mucho más lejos.

¿Qué fue realmente lo que ocurrió?

Algo ocurrió.

Hubo palabras, decisiones, ausencias, encuentros y despedidas. No necesitamos negar los hechos de nuestra experiencia humana para perdonar.

Pero hay otra pregunta:

¿Qué significado les di?

Porque una cosa es lo que ocurrió y otra, muchas veces completamente distinta, es la historia que construí alrededor de aquello.

Tal vez alguien se marchó.

Pero yo concluí:

No soy digno de ser amado.

Tal vez alguien me rechazó.

Y yo interpreté:

Hay algo malo en mí.

Tal vez alguien me traicionó.

Y decidí:

Nunca más puedo confiar.

El acontecimiento ocurrió en un momento determinado.

La interpretación pudo acompañarme durante toda una vida.

Y aquí es donde la propuesta de Un Curso en Milagros se vuelve profundamente desafiante.

¿Qué tal si aquello que pienso que ocurrió no ocurrió realmente de la manera en que yo lo he sostenido en mi mente?

No estoy diciendo que la escena que recuerdo nunca existió.

Estoy diciendo algo diferente:

Tal vez nunca ocurrió la destrucción de mí mismo que yo asocié con aquella escena.

Yo no sabía quién era

Interpreté aquella experiencia desde lo que entonces creía ser.

Un individuo separado.

Vulnerable.

Necesitado de la aprobación del otro.

Dependiente de que alguien me quisiera para poder sentirme valioso.

Y desde esa identidad concluí que otra persona tenía el poder de disminuirme, completarme, abandonarme, destruirme o quitarme algo esencial.

Pero ¿qué sucede si esa identidad era precisamente el error?

Un Curso en Milagros utiliza una expresión que inicialmente puede sonar religiosa: el Hijo de Dios.

Yo no la entiendo aquí como pertenencia a una religión.

La entiendo como una afirmación acerca de nuestra identidad.

Somos parte de una misma realidad. No estamos verdaderamente separados de nuestra Fuente ni unos de otros. Tenemos acceso a una Mente que trasciende nuestros pequeños relatos personales, nuestros miedos y nuestras defensas.

Si esto fuera verdad, entonces aquello que verdaderamente soy nunca estuvo en peligro.

Pudieron herir mis sentimientos.

Pudieron cambiar las circunstancias de mi vida.

Pude sentir miedo, dolor, rabia o abandono.

Pero no pudieron alterar mi verdadera identidad.

Y entonces aparece una posibilidad extraordinaria:

Tal vez no tengo que perdonar la destrucción de lo que soy, porque esa destrucción nunca ocurrió.

¿Y qué hago con la persona que creo culpable?

Aquí el perdón da otro giro.

Porque la persona que considero que me debe algo también forma parte del Hijo de Dios.

Igual que yo.

Y esto cambia completamente el problema.

Mientras mantengo al otro culpable en mi mente, existen dos personajes perfectamente definidos:

yo, la víctima;

él o ella, el culpable.

Uno es inocente porque sufrió.

El otro es culpable porque causó el sufrimiento.

Pero mientras necesito que el otro continúe siendo culpable, necesito también que mi identidad de víctima siga siendo verdadera.

Y entonces comienzo a comprender algo que me parece fundamental:

No puedo recordar plenamente quién soy mientras insisto en olvidar quién es mi hermano.

Su comportamiento puede haber sido equivocado.

Puedo necesitar distancia.

Puedo establecer límites.

Puedo decidir no continuar una relación.

Puedo incluso exigir responsabilidades humanas cuando corresponda.

El perdón no significa convertir una conducta destructiva en una conducta aceptable.

Pero su conducta no define su identidad última, de la misma manera que mi herida tampoco define la mía.

Entonces perdonar deja de significar:

“Te absuelvo por lo que me hiciste.”

Y empieza a parecerse más a esto:

“Ya no necesito convertirte en culpable para explicar quién soy yo.”

La puerta de entrada a la felicidad

Por eso el perdón puede convertirse en una puerta hacia la felicidad.

No porque consiga que el pasado sea diferente.

Sino porque dejo de pedirle al pasado que determine mi presente.

El perdón empieza a deshacer la percepción de ataque y separación y me permite mirar nuevamente.

Perdonar no es justificar lo ocurrido. Es dejar de usar el pasado para condenar el presente. Ahí comienza la felicidad.

Y quizá entonces descubrimos algo todavía más hermoso.

Cuando libero al otro de la sentencia que he mantenido sobre él durante años, también me libero a mí de la identidad que construí alrededor de esa sentencia.

Ya no necesito ser aquel a quien abandonaron.

Aquel a quien engañaron.

Aquel a quien no amaron suficientemente.

Aquel a quien le deben.

Puedo ser simplemente quien soy.

La inocencia que compartimos

Hay una paradoja maravillosa en todo esto:

La inocencia que estoy dispuesto a reconocer en el otro comienza a revelarme mi propia inocencia.

No porque ninguno de los dos haya cometido errores.

Los hemos cometido.

Sino porque somos más que nuestros errores.

Y acaso esa sea una de las formas más profundas del perdón:

mirar a una persona con quien tengo una vieja historia y poder pensar:

“Lo que hiciste no determina quién eres. Y lo que viví contigo tampoco determina quién soy.”

Entonces la deuda empieza a desaparecer.

No necesariamente porque el otro haya pagado.

Sino porque descubro que aquello que verdaderamente soy nunca nadi me lo pudo haber quitado.

Una práctica

Pensá por unos segundos en alguien de quien todavía sentís que te debe algo.

No intentés perdonarlo.

No luchés contra lo que sentís.

Simplemente pregúntate:

¿Qué creo que esta persona me quitó?

Después preguntate:

¿Eso que verdaderamente soy podía serme quitado?

Y finalmente:

Si esta persona y yo compartimos una misma identidad esencial, ¿estaría dispuesto, aunque fuera por un instante, a verla de otra manera?

No hace falta responder inmediatamente.

Quizá basta con dejar abierta la pregunta.

Porque a veces el milagro no consiste en que algo externo cambie.

A veces comienza simplemente cuando decimos:

“Estoy dispuesto a mirar esto de otra manera.”

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